En la Ciudad de Buenos Aires, cruzar una calle puede significar vivir más… o vivir menos.

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13 DE NOVIEMBRE 2025

Un artículo que expone cómo la desigualdad también se refleja en nuestros relojes biológicos. La brecha económica ya no solo separa estilos de vida: también define cuánta vida se vive.

Hoy, vivir más —y vivir mejor— se transformó en un privilegio, sostenido directa o indirectamente por la capacidad económica.

El dinero compra médicos, barrios seguros, aire menos contaminado, alimentos saludables y tiempo para descansar. Pero además habilita algo todavía más abstracto: la posibilidad de envejecer sin temor. Así lo plantea un nuevo texto de Gabriela Cerruti, exvocera del Gobierno de Alberto y Cristina Fernández, publicado en Infobae, donde traza un mapa preciso de cómo Buenos Aires envejece a ritmos completamente distintos. En Recoleta, afirma, existen cuadras donde viven hasta cinco personas de más de 100 años. A escasos metros, en el Barrio Mugica (Villa 31), casi no hay mayores de 80.


El mapa invisible del envejecimiento

Recoleta —con sus cafés tradicionales donde los mozos conocen a sus clientes por el nombre y sus árboles históricos— podría confundirse con un rincón europeo.

En todo el barrio hay 140 personas entre 98 y 110 años, y solo en la manzana delimitada por Alvear, Callao, Ayacucho y Posadas viven cinco centenarios, la mayor concentración de la ciudad. En la manzana de La Biela, emblema porteño que recibe visitantes bajo las estatuas de Borges y Bioy Casares, el 13,87% de los vecinos supera los 80 años.

Pero a pocas cuadras, cruzando las vías, comienza otro mundo: calles con veredas irregulares, un aire más cargado y mucho menos futuro por delante. No hace falta recorrer kilómetros para percibir la desigualdad: la frontera está en pleno centro porteño.

Como dice un amigo de Cerruti: “En Argentina, dos minutos pueden cambiar todo. Salguero y Figueroa Alcorta están a un minuto de la 31.”

Los datos acompañan esa frase. De acuerdo con la OMS, solo el 20% de nuestra salud depende del ADN; el resto se define fuera del cuerpo: vivienda, alimentación, trabajo, vínculos.
En síntesis: la pobreza acorta la vida.
Y la riqueza, por el contrario, la prolonga.


Nacer en un barrio o nacer en otro

Según el Indec, existen más de cinco años de diferencia en la esperanza de vida entre quienes nacen en la Ciudad de Buenos Aires y quienes lo hacen en el norte del país. Incluso dentro de la propia ciudad, las brechas son enormes.

“En Recoleta, las mujeres viven en promedio 82 años; en Formosa o Chaco, poco más de 70. La desigualdad no solo está en los ingresos: está en el aire, el agua, las veredas, el transporte y la posibilidad de llegar al médico antes de que la enfermedad avance”, explica Cerruti.

No se trata de genética ni de suerte.
Es acceso, entorno, prevención.
Y, por supuesto, dinero.


El tiempo como símbolo de clase

La CEPAL calcula que la diferencia en esperanza de vida entre los sectores más ricos y los más pobres de América Latina supera los 12 años. El divulgador Santiago Bilinkis lo sintetiza sin rodeos:
“La muerte se está convirtiendo en una cuestión de clase.”

El tiempo, entonces, aparece como un nuevo marcador de poder.

El epidemiólogo británico Michael Marmot lo comprobó empíricamente: por cada escalón que una persona asciende en la pirámide social, gana dos años de vida saludable. Vivir más no es simplemente un efecto del progreso: es la expresión más cruda de la desigualdad estructural.


Un futuro aún más desigual

Mientras las élites globales experimentan con terapias génicas, tratamientos antiage y píldoras antienvejecimiento, en los hospitales públicos del conurbano faltan medicamentos básicos para la hipertensión.

El filósofo Thomas Piketty y la ensayista Évelyne Pieiller, recuerda Cerruti en su artículo, ya lo advirtieron: la desigualdad tecnológica podría ser tan grave como la económica. Pieiller definía la posible “inmortalidad selectiva” como “el privilegio más obsceno del capitalismo”.

Si nada cambia, el futuro no será más largo para todos:
será más largo para quienes puedan pagarlo.

Si el tiempo se convierte en un bien escaso reservado para quienes más tienen, la desigualdad dejará de medirse en ingresos: se medirá en años de vida.

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