Los Amigos, un tesoro de más de medio siglo escondido en la zona de Tribunales.
1 DE ABRIL 2025
Antes de la llegada de la virtualidad y la pandemia, las calles cercanas al Palacio de Justicia en Buenos Aires se llenaban a diario de miles de personas. Entre ellas, muchos eran los oficinistas, abogados y empleados que transitaban por la zona, buscando un respiro en alguno de los bares y cafés tradicionales que poblaban las inmediaciones. Sin embargo, la pandemia trajo consigo un cambio drástico en los hábitos de consumo, con la virtualidad como la principal causante de una considerable disminución en la afluencia de clientes. En este contexto, muchos establecimientos vieron cómo su clientela se esfumaba. No obstante, hay ciertos lugares que se han mantenido firmes, resistiendo el paso del tiempo y adaptándose a las nuevas circunstancias. Uno de esos lugares, casi oculto entre los edificios de la zona de Tribunales, es el Café Bar Los Amigos.
El café tiene una historia fascinante que se remonta a más de medio siglo, y su existencia, aunque conocida por unos pocos, representa un verdadero tesoro escondido en el corazón del barrio. Lo curioso es que, al contrario de lo que se podría imaginar, su ubicación es casi imperceptible. Situado en la calle Paraná, entre las arterias de Córdoba y Viamonte, el establecimiento se encuentra casi camuflado entre los negocios de ropa y edificios que dominan la zona. Quien no sepa exactamente dónde está, podría pasarlo por alto, pero aquellos que lo conocen, saben que en ese rincón se guarda una de las más entrañables historias del Buenos Aires de antaño.
En este contexto, el café Los Amigos guarda una relación curiosa con la historia de los cafés porteños y su evolución a lo largo de los años. En 1825, en un lugar cercano a la actual Plaza del Congreso, se inauguró uno de los primeros cafés de la ciudad. Este establecimiento, conocido como “Dos Amigos”, tuvo una apertura desafortunada, ya que, en el momento de su inauguración, la noticia de la muerte de Bernardo de Monteagudo, un prócer revolucionario, golpeó fuertemente a la comunidad. La gente, consternada por el hecho, evitó asistir al lugar, lo que provocó que el café cayera rápidamente en el olvido.
Lo interesante es que, más de 150 años después, en 1974, el café Los Amigos se abrió en un momento similar de congoja. La fecha coincidió con la muerte de otro líder político de gran peso en la Argentina: Juan Domingo Perón. La historia, aunque algo diferente en sus detalles, sigue el mismo patrón: un café que nació en medio de una tragedia política, pero que con el tiempo logró mantenerse en pie, resistiendo las olas del tiempo y las crisis que arrastraron a tantos otros establecimientos.
A través de los años, el café fue un punto de encuentro para aquellos que, a lo largo de la historia, debatieron sobre política, ideas y visiones del futuro del país. Hoy en día, sigue siendo un sitio emblemático, aunque en una versión diferente de aquella época dorada. Los Amigos no es solo un café, es un pequeño refugio de nostalgia para los que buscan reencontrarse con el pasado y, sobre todo, con una tradición que parece cada vez más lejana en un mundo lleno de avances tecnológicos.
Rubén Ibarra: el guardián de la tradición
La historia de Los Amigos no sería completa sin mencionar a su actual dueño, Rubén Ibarra, quien lleva al frente del negocio desde 1994. Para él, el café es mucho más que un simple lugar de trabajo; es un legado que, durante años, ha sido testigo de las transformaciones sociales y económicas del país. En 1974, cuando el café abrió sus puertas, Rubén aún no había llegado al negocio, pero sí puede atestiguar el paso del tiempo y los cambios drásticos que ha vivido la zona. Antes de Los Amigos, trabajó en otro conocido establecimiento de la zona: el Tribunales Plaza, un café que ocupaba la planta baja de un edificio de estilo art nouveau, en la esquina de Talcahuano y Tucumán. Ese lugar también fue parte de la historia de la ciudad, pero la llegada de las nuevas costumbres y la modernización de los barrios hizo que muchos de estos tradicionales cafés desaparecieran.
«Los mejores años fueron los de Menem», señala Rubén con una mezcla de nostalgia y sabiduría. «Fue cuando me pude comprar la casa», recuerda. Pero también hay espacio para reflexionar sobre los años posteriores, que trajeron consigo tanto altos como bajos, entre ellos, la crisis económica de principios de siglo, la pandemia y, más recientemente, los nuevos hábitos de consumo que han transformado la manera en que la gente se relaciona con los bares y cafés de la ciudad.
Hoy en día, el desafío más grande al que se enfrentan Rubén y Los Amigos es la tecnología. En un mundo donde los trámites se realizan de forma virtual, donde las redes sociales han sustituido a las interacciones cara a cara y donde el teléfono móvil ha reemplazado muchas de las actividades que antes se hacían en los cafés, sobrevivir se ha convertido en una lucha constante. La zona que rodea a Los Amigos ya no es lo que era. Antes, estaba llena de oficinas, escribanías y estudios de abogados que requerían de la presencialidad de sus clientes. Pero el avance de la tecnología y la digitalización de los trámites ha hecho que muchos de esos negocios se vean afectados. «La gente ya no circula tanto por la zona», explica Rubén, «y eso ha hecho que muchos comercios cierren».
Un café con historia y sabor
A pesar de las dificultades, Los Amigos sigue siendo un lugar encantador, con un ambiente cálido y acogedor que mantiene viva la tradición de los cafés porteños. Al entrar, se percibe un aire de antaño, con muebles cuidadosamente seleccionados, una barra de madera impecable y detalles que remiten a épocas pasadas. Las mesas, de diseño octogonal, evitan los golpes de las esquinas y añaden un toque de elegancia al lugar. Las paredes, revestidas con boiserie, y los espejos biselados en cada rincón son testigos de la historia que se ha vivido entre sus paredes.
Durante mi visita, pude ver a algunos clientes trabajando, otros disfrutando de su café con tranquilidad, mientras que el televisor, que usualmente transmite noticias, en esta ocasión reproducía música folklórica, creando una atmósfera más relajada. Decidí probar el famoso sándwich de jamón crudo que tanto mencionan en las reseñas. A pesar de que los tiempos ya no permiten la venta diaria de grandes cantidades de este manjar, el sabor y la calidad del producto eran innegables. Según Rubén, en los días de mayor afluencia, solían colgar patas de cerdo del techo para abastecer la demanda, algo que me pareció un curioso vestigio del pasado.
Un homenaje a la amistad y la tradición
Mientras disfrutaba de mi sándwich, no pude evitar pensar en la historia detrás del nombre de este café. ¿Qué ocurrió con ese primer grupo de amigos que le dio vida al lugar? ¿Qué los unía? Rubén, que no conoció a esos primeros dueños, no pudo responderme, pero la casualidad de la inauguración de Los Amigos en el mismo año que Perón fallecía me hizo pensar en las múltiples coincidencias que han marcado la vida de este café. Como aquel café de Bernardo de Monteagudo, cuyo destino estuvo ligado a la historia de un país, Los Amigos también ha sobrevivido a las crisis y sigue de pie como un refugio de tradición y amistad en una ciudad que no deja de transformarse.
