Cafetines de Buenos Aires: Un buscador de parecidos en La Poesía de San Telmo
24 DE DICIEMBRE 2024
En una esquina emblemática de San Telmo, La Poesía se presenta como un refugio literario y tradicional de la ciudad. Desde su apertura en 1982, en el cruce de Chile y Bolívar, este café ha acogido a poetas, artistas y personas del ámbito cultural, fusionando literatura con la esencia de los bares porteños. A pesar de ser un establecimiento relativamente joven, su edificio de 1900 y su atmósfera intacta parecen transportar a los visitantes a principios del siglo XX.
Este café, fundado por el escritor Rubén Derlis, pronto se convirtió en un punto de encuentro para figuras de la literatura y la música, como Horacio Ferrer, autor de grandes tangos. La Poesía se llena de recuerdos, con chapitas que conmemoran a poetas que frecuentaron el lugar y diversas imágenes de figuras como Mafalda o el Negro Fontanarrosa, en honor a la cercanía con la casa de Quino.
El ambiente de La Poesía es cálido y nostálgico. Su mobiliario antiguo, las estanterías repletas de libros y frascos de aceitunas evocan la esencia de los antiguos almacenes porteños. Además, el café cuenta con un anexo ideal para presentaciones y eventos, manteniendo una conexión íntima con el barrio.
Sin embargo, la historia que voy a contarles no es sobre la historia del lugar, sino sobre una experiencia personal que viví allí. Un día, mientras disfrutaba de un café, me vi atrapado por una conversación en la mesa vecina, donde un hombre, al que llamaremos Héctor, explicaba su peculiar problema: padecía parecidos.
Héctor, un hombre introvertido, relataba cómo tras cada ruptura amorosa, encontraba a sus ex parejas en las caras de otras mujeres. Lo interesante de su relato era que, después de cada relación fallida, comenzaba a ver rostros familiares en los transeúntes. Específicamente en La Poesía, los parecidos surgían a medida que él observaba las mesas cercanas. A menudo se sentaba en las mesas junto a las ventanas, mirando la calle, y no pasaba mucho tiempo antes de que alguien con una cara parecida a alguna de sus ex entrara al café.
El proceso de reconocimiento no le causaba dolor, sino una especie de autoflagelación o maduración emocional. Este peculiar comportamiento le permitió, según él, reconciliarse con sus amores perdidos, aunque siempre bajo la presión de encontrar la cara adecuada en la multitud. Mientras escuchaba su historia, no pude evitar observar a las mujeres en el bar y preguntarme: ¿Cuáles de ellas serían las ex de Héctor?
Héctor, además, llevaba un cuaderno en el que anotaba todos los detalles de sus relaciones fallidas: gestos, palabras, comportamientos que, en su opinión, lo ayudaban a entender por qué todo terminaba. Su búsqueda por el patrón que explicara sus fracasos amorosos era obsesiva, y sus amigos, aunque comprendían su aflicción, continuaban la charla sin mucho interés en los apuntes de Héctor.
Lo que me quedó grabado de esta conversación fue no solo su obsesión por los parecidos, sino la forma en que él se enfrentaba a los recuerdos, como si buscara alguna señal en las caras de las personas que lo rodeaban. El café, con su cálida atmósfera, se convirtió en el escenario de un juego mental entre la memoria y la realidad.
Un día, mientras reflexionaba sobre esta historia en La Poesía, noté que Héctor y su amigo se levantaron, dejando su cuaderno sobre la mesa. Decidí seguirlos, pero al darme vuelta, me encontré con la mesa vacía. El cuaderno ya no estaba allí, y una mujer que entró al café se sentó justo en ese lugar. Al mirarla, sentí que su rostro me resultaba familiar, como si hubiera conocido esa cara en algún momento. Sin embargo, al intentar rastrear la conexión, me sumí en una confusión que, al final, se convirtió en una lección sobre cómo las historias personales y los recuerdos se entrelazan en los lugares más inesperados.
La Poesía no solo es un café, es un espacio donde las historias se funden, se recuerdan y, a veces, se reinventan en las caras de quienes lo frecuentan.
